Cuento final de Navidad
La función de las 00:00hs
Mi mamá siempre cuenta que la Navidad del 2003 fue una de esas noches que parecen comunes mientras suceden, pero que años después empiezan a acumular detalles extraños. Como si la memoria hubiera estado ignorando algo que en ese momento no quiso mirar demasiado.
Cuando me contó esta historia por primera vez, no empezó hablando del cine ni de la película. Empezó hablando de mi papá. Ellos se conocían hacía pocos meses. Todavía estaban en esa etapa en la que uno intenta mostrar solo las partes más agradables de sí mismo. Adaptando los gustos, las costumbres, las películas favoritas y las canciones que escuchan al las preferencias de esa persona. Todavía no se conocían lo suficiente como para saber qué cosas podían molestarle al otro o cuáles eran esas pequeñas diferencias que después, con los años se vuelven mas evidentes.
Ambos habían acordado pasar año nuevo con la familia de mi mamá y navidad con la de mi papá. Pero mi padre decidió que no quería pasar la noche con su familia, estaba cansado de repetir siempre lo mismo. Compartir la misma mesa, con las mismas conversaciones reglamentarias que llevaban a las mismas preguntas repetitivas de todos los años. Eso era, para el, formar parte de un agobiante ritual innecesario.
Entonces le propuso a mi mamá hacer algo diferente.
Ir al cine.
A ella le pareció extraño al principio. La Navidad siempre la asocio a una fecha para estar con la familia, con la casa llena, mesas a rebosar de comida, luces de colores encendidas y el ruido de muchas voces hablando al mismo tiempo. Pero también pensó en que era una de las primeras veces que salían juntos, y todavía estaba presente la necesidad de acompañar al otro e intentar agradarle a toda costa, así que aunque la idea no la entusiasmara especialmente, acepto sin pensarlo dos veces.
La película la eligió mi papá. Y fue por supuesto El Señor de los Anillos. A él le encantaba. Había esperado mucho para verla y quería compartirla con ella. Pero mamá, en cambio, siempre fue una fanática de las comedias románticas. Nunca entendió del todo como una película podía durar tantas horas mostrando montañas, personajes extraños caminando por lugares interminables y batallas que parecían no terminar nunca. Ella pensó en que le divertiría mas ver una maratón de partidos de ajedrez que esa película. Pero claro que no le hizo saber esto, por lo menos no en ese momento.
Recién se estaban conociendo. Y cuando uno empieza algo con alguien al principio tiene miedo de mostrar demasiado pronto aquellas cosas que podrían romper la imagen que el otro está construyendo. Así que simplemente se sentó a su lado con su mejor sonrisa y fingió que estar en el cine un 24 de diciembre apunto de ver una película de tres horas era el mejor plan.
El cine quedaba en una zona que esa noche parecía abandonada. Mi mamá siempre lo describe como un lugar detenido en el tiempo y que desde afuera ya parecía diferente. Había un cartel antiguo con algunas letras apagadas, una marquesina con luces que no lograban brillar todas al mismo tiempo y una puerta de vidrio pesada que producía un ruido escandaloso al abrir y cerrarse.
Adentro hacía un frío muy impropio de una noche de diciembre. Además creaba un contraste rotundo con el clima sofocante de afuera, producto de la mezcla entre el calor del verano y la humedad de Buenos Aires. Tal vez por eso estar dentro de aquel cine se sentía como estar en otra realidad. También había olor a humedad, polvo, alfombra vieja y pochoclos quemados. Había pocas personas: solo algunas parejas, un hombre sentado solo en una fila del fondo y una familia con niños demasiado ruidosos.
Mi mamá recuerda especialmente las butacas. Eran antiguas y rojas, de una tela áspera, gastada por miles de personas que habían pasado por ahí antes. Cuando se sentó, sintió que el asiento estaba demasiado frío, como si nadie hubiera estado ahí durante mucho tiempo.
La película empezó a los pocos minutos. Mi papá al instante se desconecto de la ligera charla que compartían para centrarse completamente en la película.
Y mi mamá intentó seguir el hilo de la historia.
De verdad lo intentó.
Pero después de una hora los parpados le comenzaron a pesar, dejó de distinguir las voces de los personajes, la música se volvió un sonido lejano y las imágenes de la pantalla empezaron a mezclarse con la oscuridad de la sala. Pensó que iba a cerrar los ojos solamente unos segundos, ni siquiera noto que se estaba durmiendo. Eso es lo último que recuerda antes del sueño, o antes de lo que ella llama sueño.
Porque siempre aclara una cosa:
—Yo no sentí que me dormí.
En ese momento, según mi mamá, seguía estando en el cine. Seguía sentada en la misma butaca. Pero algo había cambiado.
La película ya no era El Señor de los Anillos, de hecho la pantalla estaba completamente negra. No había nadie en la sala y reinaba un silencio absoluto. Fue entonces cuando la pantalla se encendió de repente y mostró esa misma sala. Estaba vacía a excepción de una persona y esa, era ella misma. Veía su propia espalda, sentada en una butaca mirando la gran pantalla.
Era una película donde ella estaba mirando una película.
Durante unos segundos pensó que era una parte extraña de la historia, pero lo descarto ya que no tenia sentido lo que estaba viendo. Después sintió miedo porque en la pantalla, detrás de ella, apareció alguien. Una mujer mayor parada varias filas mas atrás. Mi mamá se dio vuelta pero la sala seguía vacía. Volvió a mirar la pantalla y la mujer seguía ahí solo que más cerca. Parecía que cada vez que dejaba de mirarla avanzaba un poco más. La mujer tenía una entrada de cine en la mano. La observaba con una expresión tranquila, casi triste. Como si la conociera, como si hubiera estado esperándola. Entonces habló:
—Todavía no terminó.
Mi mamá quiso preguntarle qué cosa. ¿La película? ¿La Navidad? ¿El sueño?
Pero no le salían las palabras y se encontraba inmóvil. La mujer levantó la entrada y la miró sonriendo lentamente.
—A veces uno se queda dormido justo cuando empieza lo importante.
Después señaló la pantalla. Mi mamá volvió a mirar y ahí vio algo que nunca olvidó. La película mostraba una sala de cine vacía. Pero en una de las butacas había alguien sentado. Era ella pero se veía diferente. Mucho más grande, más vieja. Con expresión de estar esperando algo. Esperando que empezara una función tal vez.
Entonces escuchó una voz detrás suyo. Una voz que parecía lejana.
—No te despiertes todavía.
Y en ese preciso momento abrió los ojos.
La película ya había terminado y estaban pasando los créditos. Mi papá estaba sentado al lado suyo, recogiendo sus cosas para irse. Era como si nada hubiera pasado.
—Te perdiste casi todo, ¡Estuvo espectacular! —le dijo él cuando notó que se había despertado.
Ella lo miró, todavía conmocionada por lo que acababa de ocurrir. Tenia una sensación extraña en el pecho. Quiso contarle. Quiso preguntarle si el había visto algo. Pero decidió no decir nada, no podría explicarle lo que le había pasado sin sonar como una lunática. Así que solamente sonrió y dijo:
—Me imagino.
Durante años esa Navidad quedó como una simple anécdota: la noche en que mi papá consiguió llevarla al cine a ver una película que ella detestaba y la aburrió tanto que se durmió. El se lo reprocho cada vez que podía, que "como lo había dejado viendo la película solo". Nos reímos por mucho tiempo del sueño disparatado que había tenido, sin darle mucha mas importancia.
No fue hasta que muchos años después, encontré una caja donde mi madre guardaba recuerdos viejos. Entre fotos, cartas y papeles apareció una pequeña entrada de cine. Estaba bastante deteriorada, amarillenta y con los bordes doblados. El papel era finísimo, casi transparente. En algunas partes la tinta ya se había borrado, pero si se llegaba a leer que decía:
24 de diciembre de 2003.
Pero había algo más. Debajo, un poco mas despintado decía:
Sala 0.
Yo nunca había visto una sala de cine con ese numero. Y eso fue lo que despertó mi curiosidad. Busqué información sobre ese cine hasta que di con una noticia vieja.
El edificio había cerrado años antes. Mucho antes del 2003.
Según los registros, ese cine ya no funcionaba cuando mis padres supuestamente habían ido a ver la película. Cuando se lo conté a mi mamá, no pareció sorprendida. Solamente agarró la entrada, la miró durante un rato y dijo:
—Puede ser que me haya equivocado de lugar, tal vez no era este cine. Sabes que mi memoria es terrible, hija.
Después se quedó callada. Como si esa fuera la respuesta más fácil. Pero antes de guardar la entrada otra vez, la dio vuelta. En la parte de atrás había algo escrito. Una frase que yo no había visto. No estaba con tinta vieja. Parecía reciente.
“La función termina cuando todos despiertan.”
—¿Y eso?— dije mientras me atravesaba un escalofrió.
Mi mamá sonrió. Una sonrisa parecida a la de alguien que acaba de recordar algo que había decidido olvidar.
—No sé —me dijo.
Sin decir otra palabra, volvió a guardar la entrada.
Desde entonces, cada vez que entro a un cine, miro las filas del fondo. En los pasillos miro los números de las salas esperando encontrar la "0". Y sobe todo evito dormirme en las películas.
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