Cuento de traicion
Dos fotos, una verdad
Por muchos años creí que las fotografías servían solamente para recordar momentos felices. Pensaba que una imagen era una prueba de algo que había ocurrido, una forma de detener el tiempo para atesorar lo que no queríamos perder. Después entendí que también podían esconder aquello que nadie quería recordar.
La primera fotografía la encontré en una caja vieja, mezclada entre papeles y recuerdos olvidados. No tenía fecha ni nombres escritos detrás. Solo estaba ahí, existiendo.
En esta imagen se puede ver a un grupo grande de mujeres muy maquilladas y sonrientes formando una ronda. Por el ángulo de la fotografía se puede pensar que fue tomada desde el piso, en el medio de ese círculo. Todas miran hacia abajo y posan como si estuvieran observando a alguien que se encuentra debajo de ellas. Sus rostros muestran alegría, aunque hay algo más en sus expresiones. Parecen estar celebrando algo importante.
A un costado aparece un objeto formado por palos y plataformas. Es dorado, alto y brillante, y lleva un número uno en la parte media. Parece ser importante porque destaca en el centro de todas las mujeres, como si fuera el verdadero protagonista de la escena.
Mi tía siempre recordó ese día con emoción, fue todo un triunfo. Decía que fue uno de los días más importantes, cuando todas habían logrado cumplir un sueño juntas. Ella hablaba de esa foto con orgullo, señalándola como una prueba de que el esfuerzo y la unión podían llevarlas lejos.
Pero había algo que no encajaba.
La respuesta apareció años después en otra fotografía: la de una esquina del barrio donde había ocurrido todo. La imagen mostraba un lugar silencioso, cubierto de pasto y árboles. Una escena verde que parecía pertenecer a un espacio alejado del ruido, un rincón tranquilo y poco concurrido. No había personas, solo una calle vacía, un auto estacionado y las sombras de los árboles extendiéndose sobre el suelo.
Era una esquina común. Tan común que era imposible siquiera imaginar el secreto que escondía.
Sin embargo, cuando miré con más atención descubrí que ese lugar era el mismo donde mi madre decía haber tomado la foto del grupo. La esquina estaba a pocos metros del salón donde habían festejado aquella victoria. Y entonces recordé algo que siempre me había parecido raro, en la foto había una persona que no aparecía.
Mi madrina Victoria.
Todos hablaban de aquella noche, pero nadie hablaba de ella. También fue parte de ese grupo.
Busqué entre los álbumes viejos hasta encontrar otra imagen escondida. Era una foto tomada desde esa misma esquina tranquila. En ella aparecía Vicky alejándose sola y cabizbaja, mientras las demás entraban al lugar donde recibirían el premio. Ella había sido la que había puesto mas empeño en la coreografía, la que había hecho malabares con sus horarios para asistir a todos los ensayos y quien había sido el pilar del grupo.
Pero nada de eso fue suficiente. Alcanzo con que tuviera desacuerdo con la profesora para que se viera obligada a abandonar el grupo. Y así, como si nada, alguien la reemplazo en su lugar. Sus compañeras nunca supieron que paso, no entendieron porque dejo el grupo. Victoria estaba tan triste que no volvió a hablarles, le era imposible porque se sentia destrozada.
La traición no fue solamente que no apareciera en la foto. La verdadera traición fue permitir que, con el paso del tiempo, todos olvidaran que ese logro también le pertenecía a ella.
Volví a mirar las dos imágenes: la ronda de mujeres sonriendo y la esquina vacía del barrio. Una mostraba una celebración; la otra, el momento anterior a una pérdida.
Comprendí entonces que las fotografías nunca cuentan la historia completa. Algunas muestran lo que queremos recordar. Otras guardan aquello que intentamos esconder.
Y esa esquina, con sus pastos verdes brillantes y sus árboles frondosos, había sido testigo de la traición más grande que habia sentido una persona. Vio en primera fila como el corazón se le rompía, presenció como la inundaba la impotencia y la tristeza.
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