Cuento fantástico

La puerta

 Me bajé del colectivo a una cuadra de casa, como siempre. Era de noche, pero no tan tarde. Las luces de la calle funcionaban casi todas menos la misma de siempre que ubicada justo en la esquina titilaba una y otra vez, todo parecía normal. Espere a que el colectivo se moviera para cruzar, mirando a ambos lados. Fue entonces cuando escuché el ruido ensordecedor de una bocina que me hizo frenar en seco. Una moto que no había estado ahí hace 5 segundos se encontraba a pocos metros de mi, fue extraño. 

Como apareció ahí? No la vi. Ni siquiera la escuche.

Venía rápido. Demasiado. Me dejó inmóvil por un segundo.

—¡¿No ves por dónde cruzás?! —gritó el hombre, sin sacarse el casco.

No respondí, seguía desconcertada porque yo juraba que la calle había estado despejada para cruzar. No puede hacer otra cosa que quedarme ahí parada. Cuando puede salir del estado de shock en el que me encontraba me dispuse seguir caminando, ignorando al conductor.

—¡Ey! ¡Te estoy hablando!

Aceleré el paso. No quería discutir, mucho menos ahí, en la calle. Escuché el motor otra vez, más cerca. No miré hacia atrás.

Cuando llegué a casa, metí la llave en la cerradura lo mas rápido que puede. Solo cuando la puerta se abrió y la cerré a mis espaldas puede respirar, la sensación de alivio me invadió y me quede ahí unos segundos intentando calmar mi pulso. Pero nada había terminado, cuando me di la vuelta decidida a cerrar con llave, vi a través del borroso vidrio de la pequeña ventana de la puerta como una silueta se aproximaba. Entonces el primer golpe hizo temblar la puerta.

—¡Abrí! —gritó.

Me quedé quieta, sosteniendo el picaporte. Otro golpe aun más fuerte.

—¡Abrí que quiero hablar con vos!

No era un pedido. Era una orden.

Giré la llave dos veces y retrocedí. Los golpes siguieron, cada vez más insistentes, acompañados por insultos que se mezclaban entre sí, como si repitiera las mismas palabra aunque no estaba segura de eso ya que realmente no entendía lo que decía. No podía escucharlo, porque solo oía mi propio corazón latiendo en mis oídios.

Corrí hasta el cuarto de mi mamá.

—Ma —dije, entrando sin golpear—. Hay un tipo afuera… me siguió… está tratando de entrar.

Ella levanto la vista y me miro, confundida.

—¿Qué tipo?

Otro golpe resonó en la casa. O eso creí.

—Ese —dije—. ¿No lo escuchás?

Mi mamá frunció el ceño. Corrió la cortina de la ventana de su cuarto que daba al frente y se quedo mirando un buen rato. Cuando se volvió me miro con una expresión extraña.

—No hay nadie.

Me quedé en silencio. Escuché. Nada.

Ni golpes. Ni voz. Ni motor.

—Recién estaba —insistí—. Me siguió desde la esquina.

Ella se levantó despacio y caminó hacia la puerta. La seguí, dudando de mi misma. No había forma de que me hubiera imaginado todo aquello.

 Llegamos. Se quedó mirando la cerradura unos segundos y después abrió.

La calle estaba vacía.

Ni moto. Ni hombre. Nada.

—¿Ves? —dijo—. No hay nadie.

Asentí, pero no respondí. Nada de esto tenia sentido. Algo no me terminaba de cerrar.

Cerró la puerta despacio y volvió a su cuarto. Pero yo me quedé ahí, mirando. Me arme de valor y volví a abrirla. 

Nada.

Mire la parte de la puerta que daba al exterior y entonces lo note.

La madera, a la altura del picaporte, tenía una marca. Como un golpe. O varios, superpuestos. No eran profundos, pero estaban ahí. Se veían claros hundimientos irregulares, como si alguien hubiera estado insistiendo desde afuera.

Pasé la mano por encima, solo para confirmar que no estuviera alucinando. Recorrí las marcas y las sentí, eran reales y la superficie aun estaba tibia. Me alejé despacio.

Esa noche me acosté sin apagar la luz.

Durante horas no escuché nada. Ni un ruido.

Hasta que, ya casi dormida, creí oírlo otra vez.

Un golpe.

Solo uno.

Del otro lado de la puerta.

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